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Un hombre cualquiera

Soy un hombre cualquiera. Y voy a preguntarme sin complejos, delante de todos vosotros y de todas vosotras, por mi identidad masculina. No es una intuición, lo sé, lo siento socialmente en el día a día, en cada interacción, en cada encuentro y en cada desencuentro con hombres y mujeres, la idea de “ser hombre” está fuertemente cuestionada.
Crecí y me educaron con referencias machistas, que me llegaron de mi padre, de mi madre, de mi profesor, de mi profesora, de mi hermano, de mi hermana, de mi abuelo, de mi abuela, y de muchos otros hombres y mujeres, algunos de los cuales ya estaban haciendo esfuerzos por cambiar estas referencias.
He vivido la reivindicación de la mujer de su derecho a ser lo que es, la reivindicación de ocupar un lugar propio con una identidad femenina cada vez más consolidada. Pero también me doy cuenta de que esa misma mujer, pese a sus reivindicaciones, no termina de desprenderse, al igual que yo, de aquella educación machista con las que ambos nos criamos.
He crecido en una sociedad que cada vez se ha ido feminizando más, pero que todavía valora hasta extremos dañinos atributos masculinos tradicionales. Y yo no quiero quedar atrapado en esa paradoja, ni tampoco ser víctima de esa herencia salvaje y simiesca que todavía aplaudimos.
Como hombre he intentado en la medida de mis posibilidades, con mi educación, con mis resistencias y mis limitaciones, con mi genética y mi biología, aceptar y adaptarme a los cambios impulsados por las mujeres que me rodean, incluidas aquellas que, consciente o inconscientemente, aún complementan, mantienen y perpetúan mis referencias machistas.
A veces he cometido el error de tratar de feminizarme, igual que a veces he confundido misoginia y homofobia con hombría. Y sé que tengo que encontrar la cantidad de feminidad precisa para no dejar de ser masculino, hombre, varón o macho. Quiero relacionarme con hombres y con mujeres desde una masculinidad afectiva que no me haga sentir vulnerable.
He llegado a sentir vergüenza y hastío por el hecho de ser hombre. A veces siento una carga demasiado pesada sobre mi espalda porque tengo que ser fuerte, protector, valiente o competitivo. No quiero derechos ni privilegios, quiero liberarme, quiero poder permitirme ser débil, miedoso, inútil o incompetente, y mostrarlo sin temor a que yo mismo me rechace, sin temor a que ellas me rechacen. Quiero sentirme fuerte en mi vulnerabilidad, y que mi vulnerabilidad sea fuerte.
Frente a una mujer que ha cambiado mucho en muy poco tiempo, quiero encontrar un estilo propio y genuino para expresar mis sentimientos masculinos, sin que éstos estén feminizados. Quiero encontrar un estilo con el que de verdad me pueda identificar, que no me resulte poco atractivo, que no rechace, que no tema, un estilo que no les resulte a ellas poco atractivo, que no lo rechacen, que no lo teman.
Introducción de la voz masculina del taller: “La masculinidad despistada: generando el género degenerado”. Llevado a cabo por primera vez por Sergio J. Núñez Morón, Psicólogo-Psicoterapeuta, y Gracia Sáez Busto, Médico-Psicoterapeuta, en la XXVII Reunión de la Asociación Española de Psicodrama titulada: “Creatividad, memoria y proyecto”, celebrada en noviembre de 2012.

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